Capella de Ministrers acerca la música de los trovadores al público del Institut d’Estudis Catalans

El conjunto presentó «Amors e cansò», un recorrido por la música medieval de la Corona de Aragón en el que la riqueza instrumental, la voz de Èlia Casanova y una puesta en escena cercana al público fueron protagonistas.
Barcelona, 20 de octubre de 2026. El Institut d’Estudis Catalans acogió el lunes el concierto Amors e cansò, una propuesta de Capella de Ministrers dedicada a la poesía y la música de los trovadores vinculados a la Corona de Aragón. El programa, presentado con motivo del 750.º aniversario de la muerte de Jaime I, ofreció un recorrido por el repertorio de los siglos XII y XIII, en el que la palabra, la melodía y los instrumentos históricos compartieron protagonismo.
Bajo la dirección de Carles Magraner, el conjunto reunió una formación de cuatro intérpretes que permitió explorar diferentes posibilidades sonoras de la música medieval. Magraner, a las violas, ejerció de eje instrumental de una propuesta marcada por la alternancia entre pasajes cantados e instrumentales. Su experiencia al frente de Capella de Ministrers, formación con casi cuatro décadas de trayectoria, se reflejó en un planteamiento que concedía espacio a las particularidades de cada instrumento y a la relación entre los músicos.
Uno de los elementos más destacables fue la voz de Èlia Casanova, de una belleza y claridad poco comunes. Su canto, de emisión limpia y totalmente desprovista de vibrato como marcan los canones de la estetica vocal medieval, permitió apreciar con especial nitidez las líneas melódicas y el texto. Lejos de recurrir a grandes efectos vocales, Casanova encontró expresividad en el fraseo, la articulación y los matices de la palabra. En un repertorio donde música y poesía son inseparables, esta manera de cantar resultó especialmente apropiada, con una voz que podía sostener el discurso musical sin perder naturalidad ni presencia.
Eduard Navarro aportó una importante variedad tímbrica mediante el oud, la cornamusa y la chirimía. Su versatilidad permitió pasar de la sonoridad más íntima de la cuerda pulsada a la intensidad de los instrumentos de viento tradicionales. La combinación de estos timbres con las violas y la voz contribuyó a construir una paleta sonora rica en contrastes, especialmente interesante en un repertorio cuya instrumentación original sigue siendo objeto de investigación.
Por su parte, Sergio González Prats, especialista en zanfona con una trayectoria concertística y docente internacional, asumió un papel instrumental especialmente versátil. A lo largo del programa alternó la viola de rueda, el arpa y el laúd, tres instrumentos de características muy diferentes que requieren técnicas y recursos interpretativos propios. Su participación permitió transitar entre la sonoridad sostenida de la zanfona, las resonancias del arpa y la articulación de las cuerdas pulsadas.
Resultó particularmente interesante el empleo de plumas como plectros para tocar el laúd, una técnica vinculada a las prácticas de ejecución de instrumentos históricos. Este recurso, que puede parecer un detalle menor, influye directamente en el ataque de las cuerdas y en la articulación de las notas. Sergio González Prats, cuya actividad se centra especialmente en la interpretación y recuperación de repertorios históricos para zanfona, mostró aquí una faceta más amplia de su trabajo como multiinstrumentista, poniendo distintos recursos técnicos al servicio de las necesidades musicales del programa.
La combinación de estos cuatro perfiles dio forma a una propuesta en la que los instrumentos no se limitaron a acompañar la voz, sino que participaron en la construcción del discurso musical. Las fuentes conservadas del repertorio trovadoresco raramente especifican cómo debían interpretarse los acompañamientos, de modo que la instrumentación y los arreglos suponen necesariamente un ejercicio de investigación y recreación artística.
Uno de los momentos más singulares llegó a mitad del concierto, cuando los cuatro intérpretes abandonaron sus posiciones y se desplazaron hasta el centro del público para interpretar «Santa Maria» a cuatro voces, con acompañamiento de gaita. La disposición recordaba a las agrupaciones de canto polifónico corso, donde la proximidad física entre cantantes forma parte de la propia experiencia musical. Las voces se encontraron en un espacio compartido con los asistentes, mientras la gaita aportaba una sonoridad continua al entramado polifónico.
El cambio de ubicación modificó también la percepción del sonido. Los asistentes dejaron de escuchar a los músicos desde una única dirección para encontrarse prácticamente rodeados por las voces. La intervención permitió apreciar de otra manera la relación entre las distintas líneas vocales y puso de relieve una dimensión colectiva de la música que a menudo desaparece en el formato convencional de concierto.
Esta cercanía reapareció al final de la velada. Los intérpretes se levantaron de sus asientos y se situaron de pie frente a ellos para interpretar «Cuncti simus concanentes», una de las composiciones conservadas en el Llibre Vermell de Montserrat, manuscrito de finales del siglo XIV que reúne cantos vinculados al monasterio y a sus peregrinos.
En esta ocasión, el público se sumó espontáneamente al canto, haciendo realidad el sentido del propio texto, que invita a cantar juntos. La participación de los asistentes convirtió el final en uno de los momentos más cercanos del concierto, desdibujando durante unos minutos la separación habitual entre músicos y oyentes.
La elección de esta obra como cierre resultó especialmente acertada. Buena parte de la música medieval que hoy escuchamos en salas de conciertos tuvo originalmente funciones sociales, religiosas o comunitarias. Recuperar el canto colectivo no suponía únicamente una decisión escénica, sino también una forma de aproximarse a las circunstancias en las que estos repertorios pudieron cobrar vida.
Con Amors e cansò, Capella de Ministrers volvió a acercarse a uno de los ámbitos que han marcado su trayectoria: la recuperación y difusión del patrimonio musical medieval de los territorios de la Corona de Aragón. El concierto combinó el interés por las fuentes históricas con una interpretación que buscó mantener viva la relación entre intérpretes, repertorio y público.
La alternancia de instrumentos, la expresividad vocal y los dos momentos de participación espacial y colectiva dieron al programa una personalidad propia. El final, con músicos y asistentes cantando juntos, recordó que la música medieval no fue concebida únicamente para ser contemplada, sino también para ser compartida.



